Cuando Alex Haley era un niño, en Tenessee, su abuela Bassi solía contarle Historias sobre su familia.....
AlexHaley: Abuela.....pero quien era Kunta? ¿Porque nadie me lo quiere decir?
Bassi: Mi querido Alis, para que puedas entenderlo habré de contarte una larga historia, en la tu y yo también aparecemos.
A.H.: Si Abuela quiero saberlo, porque hace tanto tiempo que oigo su nombre que no me atrevo a preguntarles a otros por Kunta.
Bassi: Mira Alis, Kunta, nació al otro lado del mar, en África, hace muchos, muchos años, desde donde lo enviaron a nuestra tierra, después de apresarlo en el bosque cuando se disponía a cortar un árbol para hacer un tambor. Pero Kunta nos enseño muchas cosas, algunas de ellas muy importantes, como son la lealtad a los suyos y el valor de no rendirse nunca ante las adversidades y murió hace mucho tiempo.
A.H.: Pero si Kunta murió hace tanto tiempo ¿como sabeis tantas cosas de el?
Bassi: Aunque te parezca que murió, nuestro querido Kunta sigue estando entre nosotros gracias a la labor de nuestros antepasados que nunca lo olvidaron y contaban a sus hijos y nietos las historias y aventuras de Kunta, de modo que todo ese conocimiento nos ha ayudado a respetar su mensaje.
miércoles, 16 de diciembre de 2015
La fuerza diminuta por SARAH PONCE KUTZ
Copio este relato por el valor que para mi tiene, la destreza y fuerza de Sara:
Sarah Ponce Kutz – Octubre 2015
Comentario de Urkiri Salaberria:
Pocas veces he encontrado mayor fuerza que la de aquella persona que se niega a mirar a otro lado.
No existe mayor tensión que la que surge cuando dos http://ipuinplaza.blogspot.com.es/ se sostienen.
Sarah se niega a apartar la vista, y nos mira de frente a través de sus relatos.
Mas información en el Blog de Urkiri:
http://ipuinplaza.blogspot.com.es/
OBJETOS PERDIDOS
Vació
los bolsillos del abrigo y no lo encontró. Esperó la llegada de los
viajeros y no apareció. Preguntó a las azafatas y le acompañaron hasta
el avión. Abandonada en el portaequipajes vio su pequeña maleta azul.
Mostró una fotografía y lo recordaron dormido, abrazado a su osito azul.
Buscó en la maleta y tampoco lo encontró. Ni rastro. Lo condujeron
hasta el departamento de objeto perdidos. Rellenó el formulario
correspondiente a reclamaciones por extravío de equipaje y solicitó que
se lo enviaran a su domicilio. Pasados varios días se dirigió al Juzgado
de Guardia. Dos funcionarias anestésicas le dijeron que no había
posibilidad de formular denuncia por esos hechos, que eran de escasa
entidad. Ante la insistencia de presentar una denuncia llamaron a la
fiscal. Ni siquiera se molestó en escuchar, menos en bajar. Tajantemente
contestó no ser competente. “Un niño no es sujeto de derechos. Que se
vaya a la Policía”. Estampó el teléfono contra la mesa; impulsada por la
rabia ante semejante pérdida de tiempo, salió despedida a la consulta
del cirujano plástico. Las funcionarias examinaron con desgana los
diferentes modelos, finalmente hallaron una solicitud por extravío.
“Preséntese en la oficina de registros y haga una petición de duplicado
por extravío. Caso de que aparezca el original en casa, como está
divorciado, cada uno tiene derecho a tener el suyo”. Le conminaron a
volver otro día, una hora antes del cierre ya no se admitían
solicitudes. Caminó hasta la comisaría más cercana y recorrió todas las
dependencias hasta localizar la sección de objetos perdidos. Sacó la
cartera y extrajo la fotografía de su hijo. Unos grandes ojos azules
asomaron tímidamente. El Policía le dijo que todos los días recibían
decenas de niños empaquetados y que los almacenaban en el cuarto de
depósitos. “Todos los ojos son tan tristes como los de la foto. Baje y
llévese el que quiera, mejor si coge varios. No es necesario que se
lleve el suyo, coja cualquiera. Nadie los reclamará. Terminarán en
contenedores de reciclaje convertidos en objetos útiles: chales en la
playa con campo de golf hidráulico, deportivos provistos de asientos
adelgazantes, viajes espaciales para eliminar la gravedad corporal,
yates equipados con paneles bronceadores y papamoscas en la proa”. Como
le digo “llévese alguno. Nadie vendrá a por ellos”. Tomó la calle que
conducía a su casa, marchaba ligero de equipaje. Se tumbó en el sofá y
accionó la palanca relax, era un hombre libre de relaciones
paterno-filiales. Sonó el alambique, el té con licor de las cinco estaba
listo para servirse.
Sarah Ponce Kutz – Octubre 2015
Comentario de Urkiri Salaberria:
No existe mayor tensión que la que surge cuando dos http://ipuinplaza.blogspot.com.es/ se sostienen.
Sarah se niega a apartar la vista, y nos mira de frente a través de sus relatos.
Mas información en el Blog de Urkiri:
http://ipuinplaza.blogspot.com.es/
martes, 3 de noviembre de 2015
El vals de las olas
Una vez mas, aquella mañana Alfredo
llamó a su amigo Juanjo para quedar y dar un paseo. Quedaron en el mismo lugar
de siempre a las nueve y cuarto, sabiendo
ambos que Alfredo no llegaría a la hora,
pero esto ya lo tenían muy asumido los dos.
Fiel a su costumbre Juanjo estaba
puntual en el lugar de cita y se dedicó a pasear, haciendo tiempo hasta que vio
aparecer a Alfredo en su moto, demasiado pequeña para su tamaño. El retraso
solo había sido de unos minutos y Juanjo,
asombrado pero con un poco de sorna, le felicitó por su puntualidad.
Se
acercaron al mar y fueron paseando por la orilla, como de costumbre
quitándose la palabra uno a otro.
En días pasados había habido una
fuerte marejada y el mar había arrastrado sus desechos hasta el extremo de la playa, aunque
en esos momentos estaba bastante
tranquilo, en parte debido al viento sur de los últimos días.
Las olas seguían los impulsos que el
viento le había imprimido en alta mar, deslizándose suavemente por la superficie, pareciendo que lo hacía al son
de un vals interpretado por una gran orquesta meteorológica.
Ante el espectáculo del mecerse de
olas, del sonido de su rompiente en la
orilla, Alfredo estaba extasiado y quizá
bastante mas sensible que lo habitual, pues a ello se sumaba la maravillosa luz que envolvía el
espectáculo. Trató de comunicárselo a su amigo quién con su prosaico carácter,
solo apercibía algunos retazos de la maravilla del espectáculo que les rodeaba.
Al poco rato los amigos ya estaban ensimismados
en su eterna discusión sobre la naturaleza del ser y la filosofía de la vida.
El alambique
Como en
años anteriores los quincalleros se acercaron al viejo caserón, guiados como
siempre por Farnés, en busca de
materiales y restos de interés para luego tratar de venderlos o trocarlos en la
ciudad.
Ladraron
los perros y pronto se apareció Juan, el amo de la hacienda, quien tras
saludarlos y preguntar a Farnés por las ultimas noticias, les acompañó al
cobertizo donde abandonaba todos los objetos y restos de labores ya sin
utilidad inmediata.
Aunque en
desuso, algunos de aquellos trastos bien podrían servir para un apaño en caso
de necesidad como mas de una vez había ocurrido. Allí había todo tipo de utensilios, trozos
de metal, restos de tejidos, sacos, vidrio y cajas, alguno de ellos en otro
tiempo considerado como verdadero tesoro, aunque ahora solo servían para
aumentar la sensación de abandono y
suciedad del lugar.
El
desconfiado Juan, permaneció en el lugar para comprobar que no se llevaran
alguno de sus cacharros predilectos. Aunque el montón era esta vez mas grande
que de costumbre, Farnés no tardó en
quejarse de la mercancía, pues consideraba que había poco material de interés. Apartaron algunos
restos metálicos de hierro, algo de plomo y unas mantas viejas por si pudieran
negociarlas.
Una vez mas
le preguntó a Juan por el viejo alambique que allí permanecía desde muchos años
atrás, tapado por unas vieja lona verdusca y enmohecida. Para sorpresa de
Farnés esta vez se encontró con una actitud diferente en Juan, que indicaba que
bien pudiera haber trato.
Juan no se
cortó en alabanzas sobre la buena calidad del aparato y los buenos destilados
que su abuelo obtenía con el mismo, pero en su fuero interno reconocía que sería muy difícil que
llegara algún día a ponerlo en marcha.
Tras una
larga discusión, Juan accedió a vender el enorme trasto de cobre por una
cantidad aceptable que le ayudaría a poder adquirir los materiales necesarios
para mejorar el tejado del caserón.
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