miércoles, 16 de diciembre de 2015

Entrevista a Alex Haley: Kunta Kinte

Cuando Alex Haley era un niño, en Tenessee, su abuela Bassi solía contarle Historias sobre su familia.....

AlexHaley: Abuela.....pero quien era Kunta? ¿Porque nadie me lo quiere decir?

Bassi:     Mi querido Alis, para que puedas entenderlo habré de contarte una larga historia, en la tu y yo también aparecemos.

A.H.:       Si Abuela quiero saberlo, porque hace tanto tiempo que oigo su nombre que no me atrevo a preguntarles a otros por Kunta.

Bassi:      Mira Alis, Kunta, nació al otro lado del mar, en África, hace muchos, muchos años, desde donde lo enviaron a nuestra tierra, después de apresarlo en el bosque cuando se disponía a cortar un árbol para hacer un tambor.  Pero Kunta nos enseño muchas cosas, algunas de ellas muy importantes, como son la lealtad a los suyos y el valor de no rendirse nunca ante las adversidades y murió hace mucho tiempo.

A.H.:    Pero si Kunta murió hace tanto tiempo ¿como sabeis tantas cosas de el?

Bassi:   Aunque te parezca que murió, nuestro querido Kunta sigue estando entre nosotros gracias a la labor de nuestros antepasados que nunca lo olvidaron y contaban a sus hijos y nietos las historias y aventuras de Kunta, de modo que todo ese conocimiento nos ha ayudado a respetar su mensaje.

La fuerza diminuta por SARAH PONCE KUTZ

Copio este relato por el valor que para mi tiene, la destreza y fuerza de Sara:


OBJETOS PERDIDOS
Vació los bolsillos del abrigo y no lo encontró. Esperó la llegada de los viajeros y no apareció. Preguntó a las azafatas y le acompañaron hasta el avión. Abandonada en el portaequipajes vio su pequeña maleta azul. Mostró una fotografía y lo recordaron dormido, abrazado a su osito azul. Buscó en la maleta y tampoco lo encontró. Ni rastro. Lo condujeron hasta el departamento de objeto perdidos. Rellenó el formulario correspondiente a reclamaciones por extravío de equipaje y solicitó que se lo enviaran a su domicilio. Pasados varios días se dirigió al Juzgado de Guardia. Dos funcionarias anestésicas le dijeron que no había posibilidad de formular denuncia por esos hechos, que eran de escasa entidad. Ante la insistencia de presentar una denuncia llamaron a la fiscal. Ni siquiera se molestó en escuchar, menos en bajar. Tajantemente contestó no ser competente. “Un niño no es sujeto de derechos. Que se vaya a la Policía”. Estampó el teléfono contra la mesa; impulsada por la rabia ante semejante pérdida de tiempo, salió despedida a la consulta del cirujano plástico. Las funcionarias examinaron con desgana los diferentes modelos, finalmente hallaron una solicitud por extravío. “Preséntese en la oficina de registros y haga una petición de duplicado por extravío. Caso de que aparezca el original en casa, como está divorciado, cada uno tiene derecho a tener el suyo”. Le conminaron a volver otro día, una hora antes del cierre ya no se admitían solicitudes. Caminó hasta la comisaría más cercana y recorrió todas las dependencias hasta localizar la sección de objetos perdidos. Sacó la cartera y extrajo la fotografía de su hijo. Unos grandes ojos azules asomaron tímidamente. El Policía le dijo que todos los días recibían decenas de niños empaquetados y que los almacenaban en el cuarto de depósitos. “Todos los ojos son tan tristes como los de la foto. Baje y llévese el que quiera, mejor si coge varios. No es necesario que se lleve el suyo, coja cualquiera. Nadie los reclamará. Terminarán en contenedores de reciclaje convertidos en objetos útiles: chales en la playa con campo de golf hidráulico, deportivos provistos de asientos adelgazantes, viajes espaciales para eliminar la gravedad corporal, yates equipados con paneles bronceadores y papamoscas en la proa”. Como le digo “llévese alguno. Nadie vendrá a por ellos”. Tomó la calle que conducía a su casa, marchaba ligero de equipaje. Se tumbó en el sofá y accionó la palanca relax, era un hombre libre de relaciones paterno-filiales. Sonó el alambique, el té con licor de las cinco estaba listo para servirse.
                                                                            

Sarah Ponce Kutz – Octubre 2015


Comentario de Urkiri Salaberria:

Pocas veces he encontrado mayor fuerza que la de aquella persona que se niega a mirar a otro lado.
No existe mayor tensión que la que surge cuando dos http://ipuinplaza.blogspot.com.es/ se sostienen.
Sarah se niega a apartar la vista, y nos mira de frente a través de sus relatos.

Mas información en  el Blog de Urkiri:
 http://ipuinplaza.blogspot.com.es/

martes, 3 de noviembre de 2015

El vals de las olas





Una vez mas, aquella mañana Alfredo llamó a su amigo Juanjo para quedar y dar un paseo. Quedaron en el mismo lugar de siempre a las nueve y cuarto,  sabiendo ambos que  Alfredo no llegaría a la hora, pero esto ya lo tenían muy asumido los dos.

Fiel a su costumbre Juanjo estaba puntual en el lugar de cita y se dedicó a pasear, haciendo tiempo hasta que vio aparecer a Alfredo en su moto, demasiado pequeña para su tamaño. El retraso solo había sido de unos minutos y Juanjo,  asombrado pero con un poco de sorna, le felicitó por su puntualidad.

Se  acercaron al mar y fueron paseando por la orilla, como de costumbre quitándose la palabra uno a otro.

En días pasados había habido una fuerte marejada y el mar había arrastrado sus  desechos hasta el extremo de la playa, aunque en esos  momentos estaba bastante tranquilo, en parte debido al viento sur de los últimos días.

Las olas seguían los impulsos que el viento le había imprimido en alta mar, deslizándose suavemente por  la superficie, pareciendo que lo hacía al son de un vals interpretado por una gran orquesta meteorológica.

Ante el espectáculo del mecerse de olas, del sonido de su rompiente  en la orilla,  Alfredo estaba extasiado y quizá bastante mas sensible que lo habitual, pues a ello  se sumaba la maravillosa luz que envolvía el espectáculo. Trató de comunicárselo a su amigo quién con su prosaico carácter, solo apercibía algunos retazos de la maravilla del espectáculo que les rodeaba.

Al poco rato los amigos ya estaban ensimismados en su eterna discusión sobre la naturaleza del ser y la filosofía de la vida.



El alambique





Como en años anteriores los quincalleros se acercaron al viejo caserón, guiados como siempre  por Farnés, en busca de materiales y restos de interés para luego tratar de venderlos o trocarlos en la ciudad.

Ladraron los perros y pronto se apareció Juan, el amo de la hacienda, quien tras saludarlos y preguntar a Farnés por las ultimas noticias, les acompañó al cobertizo donde abandonaba todos los objetos y restos de labores ya sin utilidad inmediata.

Aunque en desuso, algunos de aquellos trastos bien podrían servir para un apaño en caso de necesidad como mas de una vez había ocurrido.   Allí había todo tipo de utensilios, trozos de metal, restos de tejidos, sacos, vidrio y cajas, alguno de ellos en otro tiempo considerado como verdadero tesoro, aunque ahora solo servían para aumentar la  sensación de abandono y suciedad del lugar.

El desconfiado Juan, permaneció en el lugar para comprobar que no se llevaran alguno de sus cacharros predilectos. Aunque el montón era esta vez mas grande que de costumbre, Farnés  no tardó en quejarse de la mercancía, pues consideraba que había  poco material de interés. Apartaron algunos restos metálicos de hierro, algo de plomo y unas mantas viejas por si pudieran negociarlas.

Una vez mas le preguntó a Juan por el viejo alambique que allí permanecía desde muchos años atrás, tapado por unas vieja lona verdusca y enmohecida. Para sorpresa de Farnés esta vez se encontró con una actitud diferente en Juan, que indicaba que  bien pudiera haber trato.

Juan no se cortó en alabanzas sobre la buena calidad del aparato y los buenos destilados que su abuelo obtenía con el mismo, pero en su fuero  interno reconocía que sería muy difícil que llegara  algún día a ponerlo en marcha.

Tras una larga discusión, Juan accedió a vender el enorme trasto de cobre por una cantidad aceptable que le ayudaría a poder adquirir los materiales necesarios para mejorar el tejado del caserón.