Como en
años anteriores los quincalleros se acercaron al viejo caserón, guiados como
siempre por Farnés, en busca de
materiales y restos de interés para luego tratar de venderlos o trocarlos en la
ciudad.
Ladraron
los perros y pronto se apareció Juan, el amo de la hacienda, quien tras
saludarlos y preguntar a Farnés por las ultimas noticias, les acompañó al
cobertizo donde abandonaba todos los objetos y restos de labores ya sin
utilidad inmediata.
Aunque en
desuso, algunos de aquellos trastos bien podrían servir para un apaño en caso
de necesidad como mas de una vez había ocurrido. Allí había todo tipo de utensilios, trozos
de metal, restos de tejidos, sacos, vidrio y cajas, alguno de ellos en otro
tiempo considerado como verdadero tesoro, aunque ahora solo servían para
aumentar la sensación de abandono y
suciedad del lugar.
El
desconfiado Juan, permaneció en el lugar para comprobar que no se llevaran
alguno de sus cacharros predilectos. Aunque el montón era esta vez mas grande
que de costumbre, Farnés no tardó en
quejarse de la mercancía, pues consideraba que había poco material de interés. Apartaron algunos
restos metálicos de hierro, algo de plomo y unas mantas viejas por si pudieran
negociarlas.
Una vez mas
le preguntó a Juan por el viejo alambique que allí permanecía desde muchos años
atrás, tapado por unas vieja lona verdusca y enmohecida. Para sorpresa de
Farnés esta vez se encontró con una actitud diferente en Juan, que indicaba que
bien pudiera haber trato.
Juan no se
cortó en alabanzas sobre la buena calidad del aparato y los buenos destilados
que su abuelo obtenía con el mismo, pero en su fuero interno reconocía que sería muy difícil que
llegara algún día a ponerlo en marcha.
Tras una
larga discusión, Juan accedió a vender el enorme trasto de cobre por una
cantidad aceptable que le ayudaría a poder adquirir los materiales necesarios
para mejorar el tejado del caserón.
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