martes, 3 de noviembre de 2015

El alambique





Como en años anteriores los quincalleros se acercaron al viejo caserón, guiados como siempre  por Farnés, en busca de materiales y restos de interés para luego tratar de venderlos o trocarlos en la ciudad.

Ladraron los perros y pronto se apareció Juan, el amo de la hacienda, quien tras saludarlos y preguntar a Farnés por las ultimas noticias, les acompañó al cobertizo donde abandonaba todos los objetos y restos de labores ya sin utilidad inmediata.

Aunque en desuso, algunos de aquellos trastos bien podrían servir para un apaño en caso de necesidad como mas de una vez había ocurrido.   Allí había todo tipo de utensilios, trozos de metal, restos de tejidos, sacos, vidrio y cajas, alguno de ellos en otro tiempo considerado como verdadero tesoro, aunque ahora solo servían para aumentar la  sensación de abandono y suciedad del lugar.

El desconfiado Juan, permaneció en el lugar para comprobar que no se llevaran alguno de sus cacharros predilectos. Aunque el montón era esta vez mas grande que de costumbre, Farnés  no tardó en quejarse de la mercancía, pues consideraba que había  poco material de interés. Apartaron algunos restos metálicos de hierro, algo de plomo y unas mantas viejas por si pudieran negociarlas.

Una vez mas le preguntó a Juan por el viejo alambique que allí permanecía desde muchos años atrás, tapado por unas vieja lona verdusca y enmohecida. Para sorpresa de Farnés esta vez se encontró con una actitud diferente en Juan, que indicaba que  bien pudiera haber trato.

Juan no se cortó en alabanzas sobre la buena calidad del aparato y los buenos destilados que su abuelo obtenía con el mismo, pero en su fuero  interno reconocía que sería muy difícil que llegara  algún día a ponerlo en marcha.

Tras una larga discusión, Juan accedió a vender el enorme trasto de cobre por una cantidad aceptable que le ayudaría a poder adquirir los materiales necesarios para mejorar el tejado del caserón.

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