Una vez mas, aquella mañana Alfredo
llamó a su amigo Juanjo para quedar y dar un paseo. Quedaron en el mismo lugar
de siempre a las nueve y cuarto, sabiendo
ambos que Alfredo no llegaría a la hora,
pero esto ya lo tenían muy asumido los dos.
Fiel a su costumbre Juanjo estaba
puntual en el lugar de cita y se dedicó a pasear, haciendo tiempo hasta que vio
aparecer a Alfredo en su moto, demasiado pequeña para su tamaño. El retraso
solo había sido de unos minutos y Juanjo,
asombrado pero con un poco de sorna, le felicitó por su puntualidad.
Se
acercaron al mar y fueron paseando por la orilla, como de costumbre
quitándose la palabra uno a otro.
En días pasados había habido una
fuerte marejada y el mar había arrastrado sus desechos hasta el extremo de la playa, aunque
en esos momentos estaba bastante
tranquilo, en parte debido al viento sur de los últimos días.
Las olas seguían los impulsos que el
viento le había imprimido en alta mar, deslizándose suavemente por la superficie, pareciendo que lo hacía al son
de un vals interpretado por una gran orquesta meteorológica.
Ante el espectáculo del mecerse de
olas, del sonido de su rompiente en la
orilla, Alfredo estaba extasiado y quizá
bastante mas sensible que lo habitual, pues a ello se sumaba la maravillosa luz que envolvía el
espectáculo. Trató de comunicárselo a su amigo quién con su prosaico carácter,
solo apercibía algunos retazos de la maravilla del espectáculo que les rodeaba.
Al poco rato los amigos ya estaban ensimismados
en su eterna discusión sobre la naturaleza del ser y la filosofía de la vida.
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